¿Discriminación positiva?

Como ustedes ya conocen mi vicio por esto de la escritura, voy a confesarles que antes de autopublicar mi novela, estuve durante un tiempo presentándome a cientos de concursos literarios. De aquella etapa hay algo que jamás conseguiré olvidar: pude presentarme a todos los certámenes excepto a uno. Les cuento.
En aquella época, concurso que salía concurso al que me presentaba. En esa vorágine literaria descubrí que en mi propia ciudad había uno denominado “RELATOS DE MUJERES“. Las bases indicaban que los textos debían tener como protagonista a una mujer o a un grupo de mujeres. Algo normal, pues cada concurso elige la temática que desea.
Así que me puse manos a la obra; tardé unas semanas en acabarlo pero finalmente mi relato cumplía con lo exigido: extensión mínima, máxima, tipo de letra… perfecto. El problema vino cuando, justo antes de enviarlo, me releí las bases: sólo podían participar mujeres. Cómo lo oyen. Pero esperen, que viene la segunda parte del chiste: el concurso lo convocaba el Negociado de Promoción de la Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres del Ayuntamiento de Castellón.
Desconcertado volví a mirar las bases: “los trabajos deberán presentarse sin firma y sin seudónimo, en sobre cerrado”, vamos que el concurso era secreto. Entonces, si se presentasen también hombres, ¿qué discriminación podría existir si a priori el jurado no puede saber el género de quien ha escrito el relato?
Como no entendía nada, investigué si realmente el mundo de las letras era un ámbito excluyente para las mujeres. Miré mi propia biblioteca e hice lo que nunca antes había hecho: ver el porcentaje de autores y autoras que tenía. Y así, a grosso modo, tenía algunos libros más escritos por hombres que por mujeres, pero claro, yo no tengo la culpa de que Saramago y Millás escriban tanto. Menos mal que mi querida Ana María Matute compensaba esa exageración de testosterona.
Visto que en mi casa no existía esa discriminación literaria, supuse que era cosa sólo de los premios, por eso comencé a revisar los últimos otorgados: Nobel, Herta Müller; Premio Alfaguara, Andrés Neuman; Premio Planeta, Ángeles Caso; Premio Pulitzer, Junot Díaz; Premio Nadal, Clara Sánchez… Nada, aquí tampoco. Algo lógico, pues en principio los concursos son secretos.
Pero finalmente descubrí que si usted se va a una librería cualquiera y vigila a todos los compradores, se dará cuenta de que nadie compra los libros por su argumento; lo único que miran es si el libro lo ha escrito un hombre o una mujer, la temática les da igual. Por eso ningún escritor/a pone su foto en los libros.
De hecho, este sábado que estuve en la calle -tapado hasta la cabeza por el frío- promocionando mi novela, cada vez que le hablaba a alguien del libro lo primero que me preguntaban era: ¿es usted mujer u hombre? Cuando le aclaraba que era lo segundo, entonces me decían ¿y de qué va la novela?
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P.D.: Si el año que viene continúan con esta estupidez, pienso presentarme al concurso. Como en principio “es secreto” nadie podrá saber quién soy hasta el final. Así, si tengo la suerte de ganar, subiré a recoger el premio para ver si a alguien del jurado (que curiosamente sí puede estar formado por hombres y mujeres) se le cae la cara de vergüenza.
P.D.2: En este país, desgraciadamente aún existen numerosas exclusiones sociales para las mujeres, principalmente en el ámbito laboral. Así que políticos y políticas, dediquen su esfuerzo y dinero a luchar contra la discriminación salarial, el acoso sexual, el despido por maternidad o el debido a una excedencia previa por cuidado de hijos, y déjense de hacer el ridículo.
Fotografías: J.K. Rowling (Harry Potter) y Stephenie Meyer (Crepúsculo), dos personas que han conseguido triunfar en la literatura sin necesidad de que hagan concursos sólo para ellas.





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